entrenamiento

Los peligros de sobrepasarte con el entrenamiento

Yo sufrí uno de los peores peligros y que muy poca gente conoce… Resulta que todo fue por una inconsciencia mía. La típica que te dicen tus amigos “sigue, haz la última serie”, “No seas débil…”. Y al final acabé en el hospital y no fue por un hueso roto, sino por algo peor.

Todo empezó un día que acabé yendo al Retiro a entrenar por la noche. Me gusta ir de noche porque hay menos gente y todo se me hace más íntimo. La verdad es que me suele dar vergüenza que la gente me vea entrenar. Soy un poquito orgullosa y me pongo a compararme con los demás. Me da cosa que alguien que está al lado haga 30 flexiones y yo no llegue ni a 15.

Había pensado en improvisar al llegar allí y me detuve en una zona de barras de calistenia. Había solo dos personas entrenando en silencio, mientras otros pasaban corriendo por los caminos sin prestar atención. Me sentí a gusto y decidí hacerlo allí.

Yo ya había hecho deporte otras veces, pero solía ser inconstante. Me daba una paliza un día y luego me llevaba dos semanas sin hacer nada. Me llevaba un mes en un arte marcial y luego lo abandonaba… Y así. A pesar de eso, no estaba mal de forma… o eso creía.

 

Calistenia para principantes

Saqué el móvil, busqué un vídeo de “calistenia para principiantes” y me lo puse. La rutina que planteaba parecía fácil para mí así que me puse a ello. Pero luego llegaron las dominadas excéntricas.

El vídeo las explicaba así: empezar desde arriba y bajar despacio, controlando el movimiento. Y decía que debía hacer: cuatro series de ocho repeticiones. Y pensé que no sería nada, pero la realidad fue otra.

Intentaba bajar lento, como decía el vídeo, pero los brazos me temblaban, la espalda no me aguantaba tanto como pensé… y cada repetición se hacía más pesada que la anterior. Aun así, las hice, y no es algo de lo que esté orgullosa a día de hoy.

Cuando acabé la rutina estaba cansada, pero no fue una exageración. No era la primera paliza que me daba entrenando. Me fui a casa paseando y, después de cenar, me tiré en la cama.

Al día siguiente, me desperté con el cuerpo muy dolorido y como anquilosado. Al levantarme, noté todo el dolor de las agujetas (cuello, espalda y brazos). Encima me faltaban muchas fuerzas, como si no tuviera energía. Aquello me extraño, porque no era algo que me hubiera pasado antes.

Acabé tomándome un ibuprofeno. Sabía que el cuerpo necesita adaptarse, que cuando introduces una rutina nueva es normal que se resienta. El músculo necesita tiempo para recuperarse, para regenerarse. Pero también sabía que me había dado una buena paliza.

Había sido un esfuerzo demasiado intenso. Estaba claro que la próxima vez debía de hacerlo de forma más progresiva… Pensé que estaba lista y era lo suficientemente fuerte para hacer una rutina como esa. Pero seguro que al día siguiente me encontraría mejor. Me equivoqué.

El segundo día fue peor. Mucho peor de lo que esperaba. El dolor seguía ahí, y encima era más intenso. Tenía todo el cuerpo rígido… Decidí quedarme en casa y descansar. Me pasé el día en el sofá, viendo una serie, distrayéndome para que se me pasara pronto el dolor. Pero fue peor: cuanto más tiempo pasaba sin moverme, más difícil se me hacía volver a hacerlo. El dolor de la espalda y por detrás de los brazos era lacerante e insoportable.

Estaba claro que me lo merecía, por actuar siempre por impulso. Soy malísima para las rutinas y siempre hago lo que más se me antoja en el momento. Actúo por inspiración. Pero necesitaba dejar de hacerlo porque mi vida empezaba a ser un caos y estaba sufriendo las consecuencias… En el trabajo, en los estudios y también en mi cuerpo.

Debía de dejar de ser tan irresponsable, sobre todo con mi salud, y tomármelo todo más en serio… La próxima vez lo haría mejor y esto solo habría sido un susto. Pero el tercer día me golpeó de verdad.

 

El día de la sauna

Me desperté completamente dolorida. Era como si no hubiera descansado en absoluto y que la cama solo me hubiera empeorado el daño. Apenas podía moverme, me dolía hasta la cabeza.

Aun así, hice el esfuerzo. Me levanté despacio y volví a tomarme un ibuprofeno y pensé que, quizás, lo mejor era no quedarme quieta esta vez. Otras veces me había pasado que, después de entrenar, moverme un poco ayudaba a que el dolor fuera más llevadero. Así que me obligué a salir a dar un paseo.

Cada paso lo notaba en la espalda, en las piernas, en los hombros… pero seguí. Esperaba que los músculos empezaran a calentarse y todo mejorara. Y, por si fuera poco, ese mismo día tuve que ayudar a mi compañera de piso a mover unos muebles. Me hice la fuerte. Pensé: “bueno, me muevo un poco más y ya está, seguro que luego me siento mejor”. Pero no.

Cada vez que me agachaba, levantaba algo o lo empujaba, veía las estrellas. En un momento dado, ya no pude más y se lo dije. Ella me habló de que me fuera a un spa, que una amiga suya que era deportista profesional, le dijo que estaba pensando en instalar una sauna en casa porque se lo había recomendado el fabricante de saunas, SAUNAS LUXE, y que le habían explicado que las saunas ayudaban bastante con la recuperación muscular después de entrenamientos intensos.

Así que esta tarde decidí irme a un spa. Pensé que, quizá el calor me ayudaría a relajar los músculos. Entrar en la sauna me alivió un poco al principio. El calor envolvía todo el cuerpo y, durante unos minutos, noté cómo la tensión parecía aflojarse un poco. Pero, poco más tarde, entre el calor y el dolor que tenía, empecé a sentir como si tuviera fiebre.

Entonces me fui a la piscina de agua fría después, pensando que ese contraste calor-frío me vendría bien. Que ayudaría a desinflamar los músculos y destensarlos. Pero en cuanto entré… fue peor.

El frío hizo que todos los músculos se me contrajeran y sentí tanto dolor que casi no pude salir por mi propio pie, del agua. Ahí ya empecé a pensar que esto no era normal.

El cuarto día, por suerte, mejoré un poco. Me seguía doliendo, pero ya no era tan incapacitante. Podía moverme mejor, aunque todavía con cuidado.

Y entonces llegó el quinto día.

 

Otro error más

Me desperté sintiéndome mejor, dentro de lo que cabe. Seguía débil casi sin energía, pero con menos molestias. Ya no era ese dolor constante que no me dejaba pensar en otra cosa. Y ahí, como siempre, volvió mi impulsividad…

Pensé que quizá lo que necesitaba era activar el cuerpo de verdad, así que salí a correr un poco. A lo mejor, ahora sí que funcionaba lo de calentar los músculos para que dolieran menos. En mi cabeza tenía sentido. Así que lo hice.

Los primeros pasos ya me dieron una pista de que no era buena idea, pero aun así intenté seguir. Otro error, como siempre… Cada trote, cada pequeño impacto contra el suelo, hacía que los músculos volvieran a dolerme con cada impacto. Como si me clavaran cuchillitas entre ellos, al sacudirse con los impactos. Sentía los músculos como si estuvieran dañados y rotos… y también me dolía hasta el corazón. Como si mi cuerpo no tuviera ninguna energía para hacer lo que estaba haciendo.

Acabé andando rápido. Y, mientras caminaba de vuelta, medio cojeando, no podía parar de pensar en el maldito vídeo.

En lo fácil que parecía todo, en las instrucciones “para principiantes” dadas con total normalidad, en las “4 series de 8 repeticiones” como si fueran algo de lo más básico. Y, en las malditas dominadas excéntricas. ¿De verdad estaba yo en tan mala forma? Se suponía que eran ejercicios para principiantes… Mi impulsividad me iba a matar un día.

 

Las verdaderas consecuencias

Una semana después, ya casi había vuelto a la normalidad. El dolor había bajado muchísimo, podía moverme sin pensar en cada gesto y, en general, sentía que todo aquello empezaba a quedarse atrás. Por fin podía caminar y agacharme con normalidad, tenía la sensación de que ya había pasado lo peor. Pero esa misma mañana, al levantarme, noté algo raro.

Me dolía justo en la zona baja de la costilla, en un lado. Me toqué casi y noté como una pequeña hinchazón. Y al presionar, dolía. Como si tuviera un moratón por dentro. La verdad es que no tenía ni idea de lo que era. Nunca me había pasado algo así, así que pensé que eran gases.

Ese día había quedado con mi novio para hacer la compra. Salimos y, cuando estábamos entrando en el supermercado, me vio tocarme el pequeño bulto con cara de dolor y me levantó la camiseta. Así que le dije lo que me pasaba y él me miró con cara de preocupación. Me dijo del tirón que fuera al médico, pero a mi no me gustan los médicos así que le pedí que esperáramos un poco a ver si se me quitaba.

Pasaron unas horas y no bajaba. No mejoraba. Así que decidí ir al hospital. Fui más por quedarme tranquila que por otra cosa, pensando que me dirían que eran gases. Me hicieron análisis, me miraron… lo normal. Pero hubo un momento en el que la cosa cambió.

Sin explicarme nada, me dijeron que me quedaba ingresada esa noche.

 

A punto de una insuficiencia renal

No entendía nada. Me encontraba bien, después de todo lo que había pasado esa semana, y de repente estaba en una habitación de hospital, con cuatro goteros de suero puestos, viendo pasar las horas sin poder ver a mi novio.

Empecé a rallarme pensando que tal vez me pasaba algo malo, pero lo cierto es que no lo relacioné en ningún momento con lo del entrenamiento.

A la mañana siguiente vino una doctora y me lo explicó todo. Había tenido rabdomiólisis. Nunca había escuchado esa palabra en mi vida.

Me explicó que es algo que puede suceder cuando el músculo sufre un daño grave, normalmente por un esfuerzo excesivo o accidentes. Básicamente, las fibras musculares se rompen demasiado, y al hacerlo liberan una sustancia (la mioglobina) en la sangre. El problema es que esa sustancia es tóxica para los riñones.

Por eso me habían puesto tantos sueros: para intentar limpiarme rápido la sangre y diluir esa sustancia para que el cuerpo la elimine sin que afecte a los riñones. Porque, por lo visto, puede causar daños permanentes en ellos.

Cuando me dijo los niveles a los que esa sustancia había elevado mi creatina entendí lo que me había pasado. Estaban a 20.000… Hacía una semana que hice el ejercicio y, cuando llegué al hospital, aun la tenía a 20.000. Los valores normales de la creatina quinasa son de 29-168 U/L… ¿A cuánto lo tendría el día después?

Eso significaba que llevaba todos esos días con esa sustancia circulando por la sangre sin saberlo. Mientras yo pensaba que eran simplemente agujetas fuertes, mi cuerpo estaba lidiando con algo bastante más serio. Podría haberme dado una insuficiencia renal grave.

Ahí fue cuando todo encajó de golpe. Había llevado al cuerpo a mi límite por una tontería… Por un simple vídeo de calistenia para principiantes. Y eso que soy joven. Esto no debería haberme pasado. Siempre piensas que esas cosas les pasan a otros, o a gente que entrena muchísimo más, o gente más mayor. Pero no.

Recuerdo quedarme mirando el gotero, en silencio, pensando en todo lo que había pasado desde aquella noche en el parque. Había empezado como todo lo que hago, un impulso, una decisión rápida y sin planear, y había terminado en una cama de hospital.

Así que se acabó.

No voy a dejar de hacer deporte, pero no voy a volver a pasarme así. Estas cosas que hago ya no tienen sentido. La mente es una cosa y el cuerpo es otra. Esto me ha quedado claro.

Hay que respetar los límites de verdad. Escuchar lo que el cuerpo te va diciendo, aunque a veces no quieras parar. Porque cruzar esa línea, puede llevarte a otro sitio del que esperas.

También le puede interesar

Lo que debe ofrecer una residencia de mayores

Cuando se llega a cierta edad y en determinadas circunstancias, puede ser necesario recurrir a una residencia de mayores para garantizar el bienestar de nuestros familiares. Tomar la decisión de

Tratamiento estético

Los tratamientos estéticos más demandados.

La estética está de plena actualidad. Una de las diferencias más destacadas de los tratamientos estéticos actuales en comparación con los que se aplicaban décadas atrás es el empleo de

Más comentadas

Lo que debe ofrecer una residencia de mayores

Cuando se llega a cierta edad y en determinadas circunstancias, puede ser necesario recurrir a una residencia de mayores para garantizar el bienestar de nuestros familiares. Tomar la decisión de

Los tratamientos estéticos más demandados.

La estética está de plena actualidad. Una de las diferencias más destacadas de los tratamientos estéticos actuales en comparación con los que se aplicaban décadas atrás es el empleo de

Cómo formar tu propio club de fútbol

La idea suele aparecer de forma sencilla. Estás viendo un partido de barrio, entrenas con amigos o llevas años siguiendo el fútbol base desde la grada, y en algún momento

SUBCRIBETE

Comparte

Scroll al inicio