prótesis

Los avances en tecnología me ayudaron con mi discapacidad

Tenía 27 años. Me acababan de contratar en una empresa donde por fin veía posibilidades de crecer. Llevaba unos meses viviendo solo, en un piso pequeño pero apañado, y salía cada mañana con mi moto, con casco, guantes, y todo lo que se supone que hay que llevar para ir seguro. Nunca me gustó correr ni hacer el loco en la carretera. Iba tranquilo. Pero bastó que otro no hiciera lo mismo para que, en menos de un segundo, se me diera la vuelta todo.

El coche se saltó un stop. Ni lo vi venir. Solo recuerdo el sonido del golpe, el suelo acercándose muy rápido y un dolor que no se parecía a nada. Después, el hospital. Las luces. Y la noticia: me habían amputado la pierna derecha, entera, desde arriba.

Ni siquiera lloré. Me quedé en blanco. Creo que mi cerebro se protegió como pudo. No entendía lo que implicaba, no todavía. Fue después, cuando vi mi cuerpo en un espejo, cuando supe que ya no iba a ser el mismo. El primer pensamiento fue absurdo: cómo me iba a poner los pantalones ahora. Lo segundo ya fue más duro: ¿y ahora qué voy a hacer?

 

Todo se vuelve difícil al principio

Salí del hospital después de varias semanas, con más puntos que piel sana, y con una sensación de vértigo cada vez que pensaba en lo que venía. En casa nada era como antes. Solo levantarme de la cama era un mundo. Bajar al portal parecía una misión imposible. Sentí vergüenza, impotencia, rabia. No sabía cómo pedir ayuda sin sentirme un lastre.

Todo lo que había aprendido durante años lo tuve que desaprender en semanas. Desde cómo mantener el equilibrio hasta cómo ponerme un calcetín. A veces no me reconocía. Me costaba mirar fotos mías de antes. Parecía otra vida, de otro. Y eso jode más de lo que parece.

 

La prótesis no es una pierna, pero es algo muy potente

La primera vez que me hablaron de ponerme una prótesis pensé que iba a ser algo rígido, torpe, que apenas me dejaría caminar. Imaginaba una especie de tubo con una zapatilla al final. Pero no. Lo que me enseñaron era algo mucho más avanzado.

Me explicaron que había varios tipos. Algunas son básicas, para caminar por casa. Otras permiten hacer deporte, subir escaleras, incluso correr. Muchas están hechas con materiales ligeros, resistentes, que no suenan al andar y que se adaptan al cuerpo. Lo que más me impresionó fue saber que existen prótesis con sensores, microprocesadores y sistemas que responden al movimiento en tiempo real.

Cuando vi a otro chico caminar con naturalidad con una de esas, sin bastón ni apoyo, supe que yo también podía llegar a eso. No de inmediato, claro. Pero era posible.

 

La parte que nadie te cuenta: el precio

Ahí fue cuando se me vino otra losa encima. Porque sí, la tecnología está muy avanzada, pero eso tiene un precio. Y alto. Una prótesis básica puede rondar los 3.000 euros. Una con sistema hidráulico o electrónico sube fácilmente a 20.000 o más. Algunas superan los 50.000.

Yo no tenía ese dinero. Por suerte, en España la Seguridad Social cubre parte del coste. Pero lo que cubren no siempre es lo más actualizado ni lo que se adapta mejor a cada caso. Así que me tocó buscar alternativas. Fundaciones, asociaciones, fabricantes que ofrecen planes de pago, incluso gente que había organizado campañas para ayudar a otros en mi situación.

Fue un camino largo, de muchos correos, muchas llamadas, muchos “no podemos ayudarte” y unos pocos “vamos a intentarlo”. Al final encontré una empresa que me ofreció una solución ajustada, fiable y que podía pagar en plazos. Tardé más de medio año en tenerla, pero mereció la pena.

 

Adaptarse a la prótesis es casi como aprender a andar otra vez

Los primeros días fueron rarísimos. La prótesis era cómoda, pero el cuerpo todavía no sabía cómo moverse con ella. Me sentía como un principiante total. Cada paso requería atención. Cada gesto tenía que pensarlo antes de hacerlo.

No era solo físico. También era mental. Estaba asustado. Tenía miedo a caerme, a que me miraran, a que notaran algo raro. A veces me temblaban las manos solo por salir a la calle.

Pero poco a poco, paso a paso, fui ganando confianza. Repetí movimientos mil veces. Me sentaba y me levantaba hasta hacerlo sin pensar. Practiqué subir bordillos, meterme en un ascensor, sentarme en el metro sin perder el equilibrio. Y un día, sin darme cuenta, volví a caminar sin bastón.

No fue fácil. Pero fue posible.

 

También hay prótesis para brazos que son una pasada

En todo este proceso conocí a muchas personas en situaciones similares. Algunos habían perdido brazos, y fue entonces cuando me di cuenta de lo que la tecnología está consiguiendo también en ese campo.

Hay prótesis que permiten agarrar objetos con precisión, mover los dedos por separado, rotar la muñeca y hasta controlar la fuerza con la que se coge una taza o se abre una puerta. Y todo eso sin cables ni mandos, solo con sensores que detectan impulsos musculares.

Una empresa que me impresionó especialmente fue LIMBIUM. Me dijeron que, quien se dedique a fabricar este tipo de dispositivos, deben enfocarse, no solo en la funcionalidad, sino también cómo se siente la persona al usarlas. Porque no se trata solo de que funcione bien, sino de que no te sientas raro cada vez que te miras al espejo. Al fin y al cabo, por mucho que algo tenga una perfecta funcionalidad, debe de ser también algo discreto, que no sea aparatoso o que no avergüence a quien se lo debe poner.

Hablando con un chico que lleva una de sus prótesis, me dijo algo que se me quedó grabado: que no quiere que la gente piense que tiene un brazo artificial. Quiere que piensen simplemente tiene un brazo distinto. Y eso, con este tipo de tecnología, se puede conseguir.

 

Hay días buenos y días de mierda

No te voy a mentir. No es todo superación, sonrisas y ganas de vivir. Hay días en los que me cabreo solo por tener que quitarme la prótesis para dormir. O cuando me duele la piel por el roce. O cuando sudo más de la cuenta y todo se vuelve incómodo. A veces se me cae algo al suelo y tardo más en recogerlo. Y hay momentos en los que preferiría no tener que explicar nada a nadie.

Pero también hay días en los que me levanto, me ducho, me visto, salgo, trabajo, vuelvo y hago mi vida como cualquiera. Y no pienso en la pierna que perdí. Solo vivo.

No quiero que me vean como alguien valiente. No estoy haciendo nada heroico. Solo intento vivir con lo que me ha tocado. Y hacerlo lo mejor que puedo.

 

La parte mental también hay que trabajarla

Más allá del cuerpo, lo más duro ha sido la cabeza. Sentirme incompleto, tener que rehacer mi imagen, aceptar que hay cosas que ya no podré hacer como antes. Al principio evitaba salir, me daba palo que me miraran, pensaba que todo el mundo se fijaba en mi forma de andar.

Pero con el tiempo, y con ayuda, fui recuperando seguridad. Hablé con psicólogos, con otros amputados, me uní a foros, seguí cuentas de gente que contaba su proceso sin filtros. Y eso me ayudó más de lo que imaginaba.

Ahora no me importa decir que tengo una pierna ortopédica. No lo escondo. No me define, pero forma parte de mí. Y eso ya no me molesta.

 

Recuperar independencia es lo mejor que me ha pasado

Volver a ir al supermercado solo, cocinar sin miedo a caerme, coger el metro en hora punta, ir a una entrevista de trabajo sin pensar si tengo que justificar algo. Todo eso parecía impensable hace un año. Hoy lo hago con normalidad.

Mi prótesis no es perfecta. Pero me ha devuelto lo que más echaba de menos: independencia. Poder decidir qué hago y cuándo lo hago. Poder moverme sin pedir permiso.

Eso no tiene precio. O sí lo tiene, pero me alegra haberlo pagado.

 

Lo que me habría gustado saber desde el principio

Me habría gustado saber que no estaba solo. Que hay gente que ha pasado por lo mismo y que está dispuesta a ayudarte, a escucharte, a darte consejos sin juzgar. Me habría gustado conocer antes todas las opciones de prótesis, los recursos disponibles, las ayudas que existen.

También me habría gustado entender que esto no es el fin de nada, sino el principio de otra forma de vivir. Distinta, sí. Pero también válida.

Ahora, con todo lo vivido, no puedo evitar pensar en la cantidad de personas que todavía no tienen acceso a estas tecnologías. Que viven con prótesis incómodas, pesadas, mal adaptadas. Que sienten que no pueden hacer nada porque nadie les ha explicado lo contrario.

Y ojalá eso cambie. Ojalá cada vez más gente pueda elegir su prótesis como el que elige una herramienta para vivir, y no como algo que hay que aceptar sin opción.

También le puede interesar

Más comentadas

SUBCRIBETE

Comparte

Scroll al inicio